Los Ultimos Articulos de Yoani Sanchez
Cerdo en “cajita”El mercado está casi vacío. Es muy temprano todavía y sobre una tablilla alguien escribe los nuevos costos para una libra de carne de cerdo. Parece un gesto simple el de esta mano que ha cambiado apenas un dígito en el precio de las costillas, de las piernas o de la grasa ya procesada. Pero, en realidad, lo que queda expresado en esa pizarra –en sus números trazados con tiza- es un verdadero cataclismo mercantil. La economía interna cubana sufre de una fragilidad que basta el leve encarecimiento de un kilogramo de bistec o de manteca para trastocar nuestro débil entramado comercial. Con unos centavos que se le sumen a un alimento, el termómetro de la angustia cotidiana se dispara, los grados de la inquietud se incrementan. Precisamente, cierto estado de alarma recorre por estos días el país. El cerdo escasea por las limitaciones con el pienso, cuyas importaciones han disminuido y cuya producción local no acaba de despegar. El sector por cuenta propia se resiente con la carestía del producto que es la base de las llamadas “cajitas”, que incluyen casi siempre arroz, algún tubérculo y un poco de carne. Ese almuerzo “en la mano” es el sostén de muchos cubanos que trabajan fuera de sus casas y constituye también la unidad básica de la gastronomía privada. Cuando “la cajita” sube de precio arrastra consigo todo lo demás. El vendedor de zapatos grava su mercancía para recuperar lo perdido en el tentempié del mediodía; la tendera que ha pagado más por unas sandalias tratará de sacarle la diferencia a los clientes incautos que no revisan el vuelto y el ama de casa jubilada le escribirá al hijo en Frankfurt o en Miami para que le refuerce la remesa, por aquello de que la vida está muy cara. Y toda esta secuencia de problemas y malestares comienza en una cochiquera, en ese sitio donde el pienso y los cuidados deberían convertirse en kilogramos de carne y sin embargo no se logra. |
Salir de la inercia ¿a la izquierda o a la derecha?Todavía no tenía edad para ir a la escuela y estaba en ese parque que los vecinos de la zona llaman de “Carlos III”, aunque los mapas insistan en rotular como de “Carlos Marx”. Mi hermana y yo jugábamos en la fuente seca y saltábamos de un banco a otro. En un momento miramos hacia la sede de la logia Masónica que hace esquina en la calle Belascoaín y el globo terráqueo sobre su azotea echaba un humo gris, se incendiaba lentamente frente a nuestro ojos. Recuerdo que le gritamos a mi padre “¡Papi, el mundo se quema!” y los tres corrimos hacia el custodio del edificio para decírselo. En pocos minutos llegaron los bomberos y desde ese día no volvió a girar aquella reproducción del planeta, su mecanismo rotatorio dejó de funcionar… durante décadas. En ese mismo parque de mi infancia, el Observatorio Crítico realizó el sábado un encuentro en solidaridad con el movimiento mundial de los indignados. Horas antes de que llegaran los convocados, las inmediaciones habían sido tomadas por la policía política y también por guardias uniformados. Varios activistas y periodistas resultaron detenidos antes de llegar y conducidos hacia barrios distantes para que no participaran. El evento se sucedió finalmente, aunque marcado por la premura y por la baja asistencia. No obstante, pudieron desplegar un par de carteles anticapitalistas, tomarse algunas fotos y recordar en la distancia una corriente de inconformidad que sacude países como España, Inglaterra y Estados Unidos. Los asistentes cantaron la Internacional y algunos habituales del lugar descubrieron -sólo entonces- el rostro del autor de El Capital cincelado en aquel muro. Quince minutos después ya el #12MGlobal terminaba en La Habana y los chiquillos volvían a hacer suya la fuente vacía, los bancos y el busto en relieve de un hombre nacido en la Alemania de 1818. En la noche, el noticiero estelar reportaría las protestas en Londres y Madrid mientras guardaba silencio sobre la demostración en territorio nacional. A pesar del limitado número de asistentes y del estrecho margen ideológico de la convocatoria, lo ocurrido es algo enriquecedor para la sociedad civil cubana. El sectarismo oficial no distingue entre inconformes de izquierdas o de derechas, sospecha de todos los que osen criticarlo sin importarle mucho cuál es su filiación. En las oficinas de la Seguridad del Estado le tienen un expediente abierto tanto a José Daniel Ferrer como a Pedro Campos, le siguen la pista con sospecha a la Unión Patriótica de Cuba y también al Observatorio Crítico. Para un totalitarismo, no importa si sus disidentes dicen abrazar la misma doctrina de los manuales otrora oficiales, basta con criticar para ir a parar al mismo saco de los enemigos. Este país varado en la inercia política necesita echar a andar, le urge emprender el sendero de la pluralidad y la democracia. Como esa bola del mundo en la esquina de Carlos III y Belascoaín, Cuba debe comenzar a moverse. Quizás en un primer momento gire hacia la izquierda o hacia la derecha, dé algunos tumbos u oscile hasta encontrar su propio ritmo. Pero desde ahora nadie puede imponerle una sola dirección, nadie tiene derecho a atenazarla en un solo camino.
|
Más roja que cruzClick here to view the embedded video. Durante la última semana, los medios oficiales han insistido sobremanera en el origen y funcionamiento de la Cruz Roja en Cuba. Alrededor del 8 de mayo, fecha de la fundación de este cuerpo humanitario, se han publicado varios reportajes sobre su carácter auxiliador y neutral. Entrevistados para el noticiero estelar, aparecen quienes llevan un accionar sacrificado para socorrer a las víctimas de accidentes o de conflictos. Sin dudas, historias de desprendimiento personal y de filantropía que se ven compensadas con una vida que se salva o con un agravamiento físico que se evita. Pero el motivo para estos homenajes y crónicas no es solamente el de conmemorar y darle su justo reconocimiento al comité fundado por Henri Dunant en 1863. La televisión nacional trata también de limpiar la lamentable imagen dejada por uno de esos voluntarios cubanos durante la misa de Benedicto XVI en Santiago de Cuba. A estas alturas, son pocos los que en esta Isla no han visto el video donde un hombre –vestido con el emblema de la Cruz Roja- golpea y lanza una camilla contra Andrés Carrión, quien había gritado una consigna anti-sistema. La escena mueve a tanta repulsa, denota tanta bajeza, que hasta partidarios del gobierno muestran su rechazo a tales prácticas. Conmueve la desproporción de fuerzas entre alguien que no puede defenderse y aquel otro que lo abofetea y lo ataca con un objeto de primeros auxilios. El incidente derivó en un pedido de explicación por parte del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) y hasta en una inédita nota de disculpas de su contraparte cubana. Pero no ha sido suficiente. Lo que ha quedado en evidencia no es sólo la ira de un paramilitar disfrazado como sanitario o el rencor ideológico que se fomenta a cada paso sin medir las consecuencias. Se ha desnudado también que las autoridades de nuestro país carecen de límites éticos cuando de reprimir una opinión diferente se trata. Si para camuflar su tropa de choque tienen que vestirla como un equipo deportivo, unos “estudiantes espontáneos” o un grupo médico, lo harán. No se detienen y echan mano de emblemas internacionales y hasta utilizan con fines políticos el prestigio de ONGs extranjeras. Eso tiene que saberse, basta de ingenuidades. Caperucita tiene pocas oportunidades: el lobo de la intolerancia puede disfrazarse de abuela, de la madre que le dio los pasteles y hasta del propio leñador que viene a rescatarla. |
La ruta del plástico
A ras de suelo, caído y con un enorme hueco en el fondo, yace el contenedor de basura de la esquina. Hace apenas unos meses fue puesto allí, con su abultado cuerpo gris listo para tragarse los desechos. Pero no resistió: el vandalismo, unido a la pésima calidad de su material, lo han dejado en un estado casi inservible. Una calle más abajo, otro corrió peor suerte y desapareció después que lo ubicaran próximo a la estación de Tulipán. Otros dos, con las ruedas arrancadas y las tapas perdidas, descansan a pocos metros de la línea del tren. Según un funcionario de la Empresa de Comunales, en La Habana se han llegado a robar “hasta 50 tanques de basura en un solo día”. En la noche se le ven repletos –con su mal olor, sus moscas y sus gatos vagabundos- y a la mañana siguiente ya no están, sólo queda el contenido volcado sobre la calle. Hay muchas maneras de medir el estado material de una nación y una de ellas es listando lo que la gente saquea de los espacios públicos. Recuerdo cuando, a principios de los años noventa, había que custodiar los bombillos de los pasillos y de los ascensores casi como si fueran lingotes de oro que pendían del techo. Desvalijar se ha ido convirtiendo en una forma de protestar; en un gesto que mezcla la depredación y la revancha social contra un estado que ha sido –durante demasiado tiempo- omni-propietario. Rara vez les tiembla la mano para el pillaje a quienes crecieron junto a padres que vivían de desviar recursos en su centro laboral. Más bien se hacen adultos versados en el hurto exprés, en delitos que tienen tanto de carroña como de urgencia. Las ruedas del contenedor de desechos van a parar a la carretilla con la que se carga el agua en los barrios donde el suministro es inestable. La estructura de plástico recorre una ruta más larga, es derretida y convertida en pinzas para tender la ropa, en embudos para trasvasar combustible o en exprimidores de naranjas. Ante la ausencia de un mercado mayorista donde comprar materias primas, cualquier objeto en la vía pública puede terminar transmutado en un producto para ser vendido. No quedan rastros, sólo unas vetas de color gris que en el cepillo de lavar rememoran al tanque de basura que había en la otra esquina. |
Creyentes con no creyentes; simpatizantes con no simpatizantes
La última vez que la Plaza de la Revolución estuvo llena, repleta de gente, fue cuando Benedicto XVI hizo su homilía en La Habana. Los locutores de la televisión repitieron con una extraña insistencia que a esa misa asistían “creyentes y no creyentes”. Para los oídos no entrenados en el discurso oficial cubano, aquella afirmación podía sonar como un gesto de inclusión o de tolerancia. Sin embargo, se trataba más bien de una aclaración –para nada sutil- de que ni toda esa multitud era católica, ni el Papa contaba con un rebaño tan grande entre nosotros. Si se prestaba atención a cada palabra dicha por los representantes del gobierno, los cubanos estaban allí por “disciplina”, por “respeto” o por ser un pueblo “ecuánime”, pero no precisamente por fe. Me pregunto si este 1ro de mayo también echaran mano a calificativos tan contrastantes. Podrían, por ejemplo, decir que en este día de los trabajadores desfilan tanto “revolucionarios como no revolucionarios”, lo cual no sería nada absurdo en una jornada que debe tener un cariz laboral y sindical, no político. ¿Se imaginan la voz grave del presentador afirmando que en la multitud agitan sus banderitas lo mismo “empleados que desempleados”? De estos últimos tendría que ser sin dudas el bloque más enérgico, pues la cifra de trabajadores que quedaran disponibles durante 2012 asciende a 170 mil a lo largo del país. Frente a los micrófonos, debería hacerse la distinción de que en la muchedumbre, ante la estatua de José Martí, se hallan “simpatizantes y no simpatizantes” del gobierno raulista. Porque entonces ¿quién se creerá que en un millón de individuos todos están de acuerdo con la gestión del presidente? No habrá ni sorpresas ni matices, sino intentos de aglutinar y de mostrar a los cientos de miles de participantes como un coro unánime que apoya al sistema. Y el 1ro de mayo volverá a ser secuestrado, como tantas otras veces. Desde la tribuna, saludarán precisamente quienes deberían estar emplazados y criticados en las pancartas, no liderando una conmemoración obrera. El día terminará sin haberle podido exigir a ese patrón llamado Estado que eleve los salarios, abarate los costos de la vida o mejore las condiciones laborales. En lugar de eso, cada cabecita vista desde la torre de la Plaza será contada como un aplauso. Cada individuo que desfile será computado como un fiel “creyente” del Partido, como alguien que no duda, no cuestiona, no reclama. |
¿Por qué José Daniel?Sabía que irían a por él. Cuando hablé por primera vez -vía telefónica- con José Daniel Ferrer, me percaté enseguida de su excepcionalidad. Poco tiempo después conversamos alrededor de la mesa de nuestra casa y aquella impresión se confirmó aún más. Mientras afuera se hacía de noche, el hombre de Palmarito del Cauto nos narró los años vividos en prisión desde la Primavera Negra de 2003 hasta mediados de 2011. Los golpes, las denuncias, los reos que lo llamaban con respeto “el político” y también los carceleros que trataban de doblegarlo por la fuerza. Pasamos horas oyendo aquellas anécdotas, a veces de horror y otras de verdadero milagro. Como cuando logró esconder de las requisas un pequeño radio que fue su posesión más preciada hasta que él mismo lo hizo añicos contra el piso, segundos antes de que un oficial se lo decomisara. José Daniel, el líder de la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU), es hoy el principal dolor de cabeza de la Seguridad del Estado en el Oriente del país. Ocupa ese lugar –admirable pero peligrosísimo- en parte porque cada palabra suya proyecta honestidad y determinación. Campechano, joven, conciliador, ha logrado avivar un movimiento disidente que languidecía entre la represión y el exilio de una parte de sus miembros. Su poder de convocatoria y el respeto que le tienen muchos, brota también de su perseverancia y especialmente de que se muestra más presto al abrazo que a la desconfianza. Se ha convertido en un hombre-puente entre varios proyectos ciudadanos y eso lo hace ahora mismo una afilada piedra dentro de la bota del gobierno cubano. Desde hace 23 días este santiaguero incansable está detenido. Ya no puede moverse por las carreteras empinadas que conectan los municipios de su región, ni responder entrevistas, ni enviar desde su móvil mensajes a Twitter. El lunes pasado se declaró en huelga de hambre en el cuartel policial donde lo mantienen incomunicado. A su esposa Belkis Cantillo todavía no le han informado cuánto tiempo más pasará arrestado ni tampoco si le presentarán cargos legales. Algunos amigos tenemos un mal presentimiento. José Daniel Ferrer ha llegado a tener una capacidad de convocatoria que asusta a las autoridades cubanas y lo castigarán duramente por eso. Le temen, porque puede lograr que el título de “ciudad heroica” de Santiago de Cuba, cobre un nuevo sentido en estos tiempos. |









